L a historia del ojin-san Ariichi debo reconstruirla con escombros de niebla, leyendas familiares y tres o cuatro daguerrotipos apócrifos. Mi tío Lucho aseguraba que era samurai -su pasaporte lo dice- y que había vivido en París, donde conoció al pintor Foujita. Mi papá no recordaba nada de eso, aunque sí que había nacido en la base naval de Kuré, que trabajó en la Casa Suetomi y que sus mejores amigos eran los señores Aoki, Soeda, Hirata y Yoneyama. Todo lo demás permanece en penumbras, pues ignoro cómo vivió y cómo murió. Quizá tuvo otros hijos en Japón e incluso en el Perú. No lo sé, pero procuro reunir los dispersos fragmentos que voy encontrando para poder inventarle una vida literaria, cuando los japoneses de París se reunían en la floristería que el señor Hata tenía en el Boulevard Delessert al romper el siglo XX. Allí estarán la actriz Madame Sadayakko, el escritor Yoshio Markino, el pintor Tsuguharu Foujita y mi abuelo Ariichi Iwasaki, quien le habría regalado al señor Hata un níspero de Kamakura.