P ara mis primos era oba-cha y para nosotros abuelita, pero nadie la llamó nunca awicha, a pesar de que el quechua fue el idioma de su infancia. A veces se le escapaban expresiones como manam, yana o paylla, pero hasta que no pasaron muchos años no descubrí que nos estaba diciendo que no, que nos pedía ayuda o que nos daba las gracias en su remoto quechua ancashino. Como unos nietos hablaban japonés y los otros en castellano, abuelita le hacía carantoñas en quechua a sus gatas, porque las palabras más dulces le llegarían a pájaros en aquella lengua que jamás compartió con nosotros. ‟¿Por qué la gatita se llama «Aña»?, le pregunté una vez. ‟Porque es muy cariñosa”, me respondió mientras la acariciaba repitiendo Añañay, añañay. Ahora me gustaría que me hubiera acariciado igual.
            Meses antes de morir, papá me reveló que cuando estalló la represión contra las familias japonesas en Lima mi abuelita -ya viuda- solicitó refugio a los frailes Urbano Cloutier y Calixto Gélinas (los «padres Yonekawa»), quienes la acogieron durante más de seis meses con sus niños en la iglesia de San Antonio de Padua. Entonces comprendí por qué mis padres se casaron en aquella capilla franciscana de Jesús María y me alegré de haber acompañado a papá la madrugada lluviosa que amortajamos a la abuelita con mi primo Iván y mi hermano Miguel. Cuando corto los brotes del tronco de su molle lo acaricio y le susurro añañay, añañay.