N o conocí a don Eduardo, pero reconozco su presencia en la bondad, la rectitud y la generosidad de Marle y sus hermanos. Me haría ilusión pensar que nos habríamos llevado bien, aunque me apenaría mucho más no haber estado a la altura de sus expectativas. Quizás era el joven anónimo que asistía a esas conferencias del Ateneo, recreadas por Joaquín Romero Murube en Memoriales y divagaciones; pudo ser el hombre que rezaba en «Ese nardo sin importancia» de Juan Sierra González y muchas veces lo he imaginado como Cernuda evocó a José María Izquierdo en Ocnos: ‟Durante sus horas de recogimiento silencioso, escuchando la música o en sus atardeceres junto al río, mientras se perdía así entre el ruido de los otros bajo el cielo nativo, tal vez gozó gloria mejor y más pura que ninguna”. En su memoria me hice socio del Ateneo de Sevilla y la biblioteca de casa lleva su nombre, pues don Eduardo la soñó primero. La higuera del comedor es su árbol porque al llegar los calores de agosto disfrutaría de sus delicias: el frescor de la sombra en las mañanas, los higos antes de la siesta y su aroma umbrío perfumando la lectura, la oración o la ternura.