Mis recuerdos infantiles de la mamama Manuela no le hacen justicia, porque sus historias de aparecidos, su pánico durante los temblores y el salón de los muertos de su casa de Lince reverberan más en mi memoria que las tardes en que me enseñó a oler los jazmines, pelar los capulíes y beber del agua destilada de una piedra florecida. En realidad, a mi mamama Manuela la he venido a conocer a través de sus recortes, cuadernos y fotografías, y así he descubierto que era una muchacha soñadora que copiaba poesías. El poeta Felipe Sassone le dedicó un soneto -«El último beso que me diste»- y más de una vez he fantaseado que ella era la «Manuela» que aparece en New Worlds to Conquer (1929) de Richard Halliburton, acaso para darle algo de color a una vida que imagino melancólica. Siempre reivindico sus orígenes guayaquileños y por eso sus árboles en casa son los faiques: altos, elegantes, erizados de espinas y con flores amarillas minúsculas, de puro tímidas.