C uando mi papapa Daniel falleció, tenía edad suficiente como para haberle formulado preguntas esenciales si hubiera sido más sensible, maduro y consciente. Pero no lo hice ni le expresé el cariño y la admiración que merecía, pues Daniel Cauti Castillo fue un hombre talentoso que tras superar las adversidades de la pobreza renunció por su familia a una brillante carrera en la función pública. Fue discípulo de don José Matías Manzanilla y defendió en un mismo año tres tesis doctorales en Economía, Jurisprudencia y Ciencias Políticas, todas ellas Sobresaliente Cum Laude por la Universidad Nacional Mayor de San Marcos de Lima.
En 2012 visité Huamantanga y descubrí conmovido las tumbas de sus hermanas y las ruinas del Corral de Tecrao donde nació. Aquel niño descalzo que bajó de las alturas de Huamantanga cuando agonizaba el siglo XIX, sin duda se detuvo en Quives para rezar en la ermita de Santa Rosa y quizá descansó bajo la fresca sombra de los majestuosos y centenarios ceibos del santuario. Por eso en mi chacra sevillana he sembrado un ceibo que todas las primaveras resucita en memoria de mi papapa Daniel Cauti Castillo.